El tiempo había pasado como un soplo. Dos semanas desde aquella tarde en que Isabella, huyendo desesperada de Mateo, había terminado arrollada por un auto en medio del camino.
Y aunque al principio todo había parecido un accidente cruel, la vida le había dado un giro inesperado. El hombre que la atropelló, un desconocido de mirada noble y voz grave, no solo había sido su salvador en aquel instante, sino que desde entonces había comenzado a frecuentarla con una calma que le resultaba casi irrea