Mientras tanto, en la manada tormenta en una habitación fría, oscura y extrañamente silenciosa. Las paredes estaban recubiertas de plata, una barrera que anulaba por completo cualquier conexión espiritual o sentido de orientación sobrenatural.
Mía se encontraba sentada en una esquina, los brazos cruzados sobre sus rodillas y la mirada fija en el suelo. Había perdido la noción del tiempo, pero sabía que llevaba allí encerrada más de medio día. Cada minuto era una agonía, no solo por la impoten