La madrugada en la manada Tormenta caía pesada, con un silencio que no era de paz, sino de amenaza. El aire olía a hierro, a sangre seca y a humedad. En lo profundo de la casa principal, tras pasillos ocultos que solo los guerreros más antiguos conocían, se encontraba la sala de interrogaciones: un cuarto de piedra, sin ventanas, iluminado únicamente por dos lámparas que colgaban del techo, proyectando sombras alargadas contra las paredes.
En el centro, encadenado a una silla de metal, estaba M