Mía apretó los puños. Su corazón rugía, pero no era de miedo. Era de rabia, de instinto, de la furia de una madre que no estaba dispuesta a ceder.
Owen se inclinó hacia ella, sus ojos brillando con esa chispa de arrogancia que siempre lo había caracterizado. Se acercó lo suficiente para que el calor de su aliento rozara su rostro.
—Es mejor que te muestres dócil y amable conmigo —susurró con una sonrisa torcida, cargada de veneno.
Mía retrocedió hasta que su trasero chocó contra la carrocería m