Meissa salió de los aposentos; la princesa Syla caminaba a su lado. El silencio entre ambas era denso, interrumpido solo por el eco de sus pasos sobre las baldosas de piedra fría.
Justo antes de llegar a la bifurcación del pasillo que separaba sus caminos, Syla se detuvo en seco.
Antes de que Meissa pudiera reaccionar, Syla extendió la mano y tomó su muñeca con una fuerza sorprendente.
Meissa se tensó de inmediato.
El instinto de su loba se erizó y miró la mano de la princesa con un recelo evid