Itan caminaba a toda prisa por los senderos de piedra que conducían a la parte trasera del castillo.
Cada uno de sus músculos estaba en tensión, respondiendo a una llamada que no provenía de su mente, sino de la bestia que habitaba en su interior.
Sus pasos eran pesados y rápidos, motivados por un impulso ciego.
Siguió el aroma que flotaba en el aire, un olor dulce y penetrante que nublaba su juicio.
Siguió el calor que emanaba de un punto específico, una vibración que solo él podía percibir.
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