Alfa Lysander entró por la gran puerta del castillo con paso firme, seguro, como si aquel lugar ya le perteneciera desde antes de cruzar el umbral. La madera maciza crujió bajo su peso, un sonido grave que resonó en el corredor como una advertencia silenciosa.Los lobos que lo acompañaban avanzaron detrás de él, sin pronunciar palabra, atentos, alertas, con los sentidos abiertos y los músculos tensos, listos para reaccionar ante cualquier amenaza.Su presencia llenó el pasillo de inmediato.No fue solo su tamaño o su porte dominante, sino la energía que emanaba de él: una mezcla de autoridad, peligro y certeza absoluta.Avanzó sin detenerse hasta el salón del trono. Las puertas se abrieron ante él y, allí, sentado en lo alto, lo esperaba el Alfa Ralf.El aire se volvió denso en cuanto sus miradas se cruzaron, pesado, cargado de una tensión que no necesitaba palabras.Sus lobos se reconocieron al instante, midiéndose, evaluándose, como si una batalla invisible se librara en silencio.—
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