Marvin no pudo responder de inmediato.
Las palabras parecían haberse quedado atrapadas en su garganta, pero su cuerpo hablaba por él. Sus puños estaban tan apretados que los nudillos se le blanquearon, y la tensión en sus hombros era evidente. La rabia lo consumía desde dentro, como un incendio imposible de apagar.
Sus ojos, oscuros y cargados de resentimiento, seguían a Zaric y a Ainoha, como si quisiera desgarrarlos con la mirada.
—¡Esto es una trampa! —escupió finalmente, con la voz cargada