El príncipe Zaric descendió hasta los calabozos sin anunciar su llegada. Nadie se atrevió a detenerlo. No cuando su aura estaba tan cargada, tan tensa, que incluso los guardias más experimentados bajaron la mirada en señal de respeto… y de temor.
El aire en ese lugar era húmedo, denso, impregnado de hierro y desesperación. Pero nada de eso le importó.
Porque entonces la vio.
Ahí, detrás de los barrotes. Y algo dentro de él se rompió.
Ainoha. Su estado era devastador. Su ropa estaba manchada, su