Todos esperaban.
La plaza principal estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo, sino uno cargado de tensión, de expectativa, de juicio.
Las antorchas crepitaban alrededor, iluminando los rostros de los lobos que se habían reunido para presenciar lo que ya se rumoraba como una humillación pública.
La ceremonia de rechazo.
Un acto antiguo, poderoso… y cruel.
Entonces, finalmente, la trajeron.
La princesa Ainoha.
Dos guardias la escoltaban, aunque en realidad parecía que la sostenían más