Los gritos de mis hombres me sacaron del trance ya que estaban siendo replegados por la lluvia de lanzas y piedras con las que los bárbaros insistían en arrebatarles la vida. Tenía que hacer algo para equilibrar la batalla y al buscar con la mirada, no hallé más que las tiendas empapadas.
—Sialen, busca un caballo—le ordené.
Ella se deshizo del bruto al que golpeaba y corrió a obedecerme, mientras Dízaol se mantenía cubriéndome la espalda, con ayuda de unos pocos soldados. El viento arreciaba y