— ¡Rownan!
El grito avisó a los soldados y doncellas, que se apresuraron a reverenciarlo, en cambio yo me eché a correr para abrasarlo y sus labios buscaron los míos, cargados de ansiedad.
—Te he extrañado tanto —me susurró al oído.
No le respondí, con un tirón le zafé la camisa, para comprobar que esa herida que lo acercó tanto a la muerte había cicatrizado y mi alivio le hizo reír.
—Ya te lo había advertido —murmuró—. Soy tuyo y no puedo morir sino me lo ordenas.
Volví a besarlo y sentir la