Le prometí que usaría un carruaje, en caso de que tuviera que abandonar el castillo, ya que, si montaba, volvería a sangrar. Repasé la ubicación del ejército, las provisiones, rememoré los nombres de los aliados que estaban dispuestos a darme asilo si perdíamos la guerra y al entregarle el yelmo dorado, mi corazón se robó la ansiedad de Rownan, para sacarla como lágrimas a través de los ojos.
—Cuando haya ganado la batalla, volveré a tus brazos para nunca más dejarlos —me prometió—. Haremos el