De entre la niebla salieron un sinfín de barbarnos, blandiendo espadas y destrozando la calma antecedente de una tormenta, que ahora estaría teñida por la sangre de mis hombres.
Escuché los lamentos, el crujir de los huesos al ser quebrados, el impacto del acerco contra los petos de los soldados, que ponían resistencia valerosamente. Busqué un arma con la que defenderme y Dízaol me protegió con su cuerpo, hasta hacerme empujarlo con tal de que no me impidiera ver lo que ocurría.
— ¡Mis armas!