—Majestad, nuestros hombres también se ahogarán— me advirtió Dízaol.
—No— le asegure, totalmente confiada de mi decisión—. He visto como esos jovencitos son capases de nadar, aun estando atados entre sí, y ahora que se ven cerca de su hogar, no dejarán que el elemento por el cual se les conoce, los prive de la libertad. Puedes quedarte a comprobarlo, será un espectáculo magnífico, pero yo prefiero seguir a mi esposo hasta el campo de batalla y ayudarle a obtener la victoria.
No dije más, regresé