Mi esposo disfrutaba, rugía como esa fiera a la que tanto llamaba en mis sueños más depravados y descubrí que nuestros cuerpos danzantes se reflejaban en el amplio espejo, donde mis ojos chocaron con los suyos. Así disfrutamos más abiertamente de aquel encuentro y me maravilló como afloraban sus músculos debajo de la espalda ancha, que se contraía rítmicamente, haciéndome suplicar para que no se detuviera.
Él me apartó suavemente, deslizando sus labios por mi pecho, recorriéndome el vientre, a