No me humillaría pidiendo explicaciones y mucho menos demostrándole cuánto me hería esa tradición. Tragué dificultosamente y alcé el rostro, sin regalarle la alegría de evidenciar mi enojo, aunque sentía como las mejillas se me coloreaban.
Por un momento creí que se echaría a reír, que aplaudiría, pero él permanecía en silencio, disfrutando, deleitándose con mi contrariedad.
—Estoy feliz y honrada de poder mantener con vida a esas tradiciones que siempre han ennoblecido a mi pueblo —declaré.