El viento arrastraba un olor metálico, como sangre derramada sobre tierra húmeda. Ayleen lo percibió desde el amanecer, ese aroma inconfundible que erizaba su piel y aceleraba su pulso. No era imaginación suya. Los Lobos Negros habían cruzado el arroyo del este, la frontera natural que durante décadas había separado los territorios.
En el Gran Salón de la manada, la tensión podía cortarse con un cuchillo. Los guerreros más experimentados rodeaban a Darius, quien, inclinado sobre un mapa desgast