El Gran Salón de la manada se había convertido en un campo de batalla donde no se derramaba sangre, pero sí veneno. Los gritos se entremezclaban en un coro discordante que rebotaba contra las paredes de piedra. Ayleen permanecía en el centro, aún con restos del ritual en su piel, observando cómo la unidad de la manada se desmoronaba ante sus ojos.
—¡Es la elegida de la Luna! ¡Lo hemos visto todos! —gritaba Mara, una de las ancianas, con los brazos extendidos hacia el techo abovedado.
—¡Es una a