El amanecer que siguió al Juramento trajo consigo una sensación de quietud extraña. No era la calma después de la tormenta, sino la que precede al huracán. La manada despertó con los ecos del ritual aún danzando en la piel, con los ojos todavía llenos del resplandor de lo sagrado.
Pero algo se quebró al mediodía.
Fue un temblor apenas perceptible al principio, un estremecimiento de la tierra como un suspiro reprimido. Las aves callaron. Los árboles, por un instante, parecieron encorvarse, como