El regreso del grupo al campamento fue silencioso. Cada paso que daban parecía resonar con una nota de advertencia, como si el propio bosque recordara la batalla. El obelisco partido y los fragmentos de espejo en sus bolsos eran testigos de lo vivido, pero también eran puertas sin cerrar.
Lía se retiró temprano a su carpa. No podía dormir. Su piel ardía. No de fiebre, sino de transformación. Frente al espejo de agua que usaba como lavabo, vio lo que temía: la Marca había cambiado.
Ya no era sol