El silencio de la habitación era pesado, pero ya no me asfixiaba. Me miré al espejo una última vez. El vestido de seda blanca caía sobre mis curvas con una sencillez que me hacía sentir poderosa, no como una princesa, sino como una mujer que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Unos golpes rítmicos sonaron en la madera.
—¿Alana? —Era Reyk. Su voz sonaba más suave de lo habitual.
—Pasa, Reyk.
Mi hermano entró. Al verme, se detuvo en seco. Se quedó apoyado en el marco de la puerta, observánd