El silencio de la habitación era pesado, pero ya no me asfixiaba. Me miré al espejo una última vez. El vestido de seda blanca caía sobre mis curvas con una sencillez que me hacía sentir poderosa, no como una princesa, sino como una mujer que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Unos golpes rítmicos sonaron en la madera.
—¿Alana? —Era Reyk. Su voz sonaba más suave de lo habitual.
—Pasa, Reyk.
Mi hermano entró. Al verme, se detuvo en seco. Se quedó apoyado en el marco de la puerta, observándome con una mezcla de orgullo y una sombra de duda que no lograba ocultar.
—Vaya —murmuró—. Estás... realmente pareces una Azuleja lista para la guerra, pero con la elegancia de mamá.
—Gracias, hermano.
Reyk se acercó y me puso las manos en los hombros. Me obligó a mirarlo a través del reflejo del espejo.
—Escúchame un momento antes de bajar. Sé que Lucian ya dio el anuncio, pero esto es entre tú y yo.
—Dime.
—¿Es por el cachorro, Alana? —Su voz bajó de tono, volviéndose grave—. Si te estás casa