La música comenzó a sonar desde un viejo gramófono que alguien había sacado al jardín. Era una melodía suave, la voz aterciopelada de Nat King Cole cantando “Unforgettable”. El sonido crujiente del disco de vinilo le daba un aire de otra época, un refugio de paz en medio de la tormenta que nos rodeaba.
Eiden me tomó por la cintura y me atrajo hacia él. Sus movimientos eran lentos, rítmicos, como si estuviéramos solos en el mundo.
—¿Eres feliz, Alana? —susurró contra mi oído. Su aliento era cálido y olía a la canela del brindis.
—No sabía que se podía ser tan feliz en medio de un desastre —respondí, apoyando mi mejilla en su pecho.
Él se separó apenas unos centímetros para mirarme. Su mano bajó con una lentitud casi sagrada hasta posarse sobre mi vientre, todavía plano bajo la seda blanca. Sus dedos se abrieron allí, protegiendo lo que apenas comenzaba a crecer.
—Es nuestro —dijo él, y una sonrisa genuina, sin sombras de soldado, iluminó su rostro—. Mi familia. Mi manada. Todo mi mundo