Lucian no esperó para comunciarles a todos. Caminó hacia el centro del salón, subiendo dos peldaños de la escalinata principal para quedar por encima de la multitud. Su sola presencia, imponente y cargada de esa autoridad oscura de los Azuleja, hizo que el ruido se apagara en segundos.
—¡Escuchadme todos! —rugió Lucian, y su voz llenó cada rincón de la casa—. Esta noche no solo brindamos por el regreso a nuestro hogar. No solo brindamos por la sangre derramada y la que está por venir.
Hizo una pausa, y su mirada se suavizó apenas un ápice al buscarme entre la gente.
—Esta noche tendremos una boda —anunció, y un murmullo de sorpresa recorrió la sala—. Una unión que dará a los Azuleja la esperanza que tanto necesitamos. Finalmente, la niña de la casa, mi hermana Alana, se casará. Y yo, como su Alfa y su hermano mayor, tendré el honor de oficiar la unión bajo las leyes de nuestra sangre.
El salón estalló. No fue solo un aplauso; fue un rugido de júbilo, un estruendo de jarras golpeando l