La noche cayó sobre la casa de Lena con un manto de silencio gélido. Era de esos silencios pesados que parecen congelar hasta los pensamientos más fervientes de un hombre desesperado.
Eiden, consumido por una inquietud que no le permitía cerrar los ojos, subió las escaleras. Sus pasos pesaban como el plomo sobre la madera vieja del segundo nivel de la vivienda.
Cada peldaño emitía un quejido bajo. Era el eco de la agonía interna que el híbrido no lograba silenciar desde que escaparon de la mans