Lena se inclinó sobre la cama, cerrando los ojos para concentrarse en el flujo de energía que rodeaba a Alana. Extendió sus manos, sintiendo el calor tenue que emanaba de la piel de la mujer. Comenzó a susurrar un hechizo de apertura, una melodía antigua diseñada para desenredar las sombras de la mente.
Sin embargo, cada vez que su magia intentaba profundizar, una barrera invisible la repelía. No sabía si era el veneno de obsidiana de Kael o la propia marca de la luna de Alana lo que impedía que se acercara más. Era como intentar tocar un fuego que no quemaba, pero que se negaba a ser extinguido.
Frustrada, Lena apartó las manos, sintiendo un calambre recorrer sus dedos. El sudor frío le perlaba la frente mientras observaba el rostro sereno de Alana, atrapado en una paz ficticia. Salió de la habitación con el corazón acelerado, necesitando aire que no estuviera viciado por el olor a incienso y enfermedad.
En el pasillo, apoyado contra la pared de madera, Reyk la esperaba con los brazo