A las cinco de la mañana, la mansión Azuleja estaba sumergida en una oscuridad total. Lucian se despertó antes que el sol, como era su costumbre, pero esta vez no fue por una pesadilla. Por primera vez en diez días, su mente no estaba llena de gritos de guerra ni del olor a pólvora. Se giró en la cama y miró a Lena. Ella dormía profundamente, con el rostro relajado sobre la almohada. Lucian se quedó un momento observándola. Se veía tan tranquila que sintió que era un pecado despertarla, pero necesitaba sacarla de allí. Necesitaba estar a solas con ella, lejos de las miradas de sus hermanos y de las paredes que aún olían a gas y a muerte.
Le tocó el hombro con mucha suavidad.
—Lena... despierta.
Ella abrió los ojos poco a poco, parpadeando confundida por la falta de luz. Su primer instinto fue de alerta, sentándose de golpe en la cama con el corazón acelerado.
—¿Qué pasa? ¿Daren volvió? —preguntó con la voz entrecortada.
—Todo está bien —susurró Lucian, poniéndole una mano en el brazo