El viaje de regreso desde el lago fue silencioso. El frío del norte de Noruega golpeaba el parabrisas de la camioneta, pero dentro la calefacción mantenía una temperatura agradable. Lucian conducía con la vista fija en el camino, con esa mandíbula apretada que indicaba que su mente ya estaba de vuelta en la guerra. Lena, envuelta en su manta, lo miraba de reojo. El momento de paz en el lago se sentía como un sueño lejano, algo que el viento helado se había llevado.
Al llegar a la mansión, el ambiente no era mejor. Sus hermanos habían encendido una hoguera en el patio trasero, buscando un poco de calor y normalidad en medio del desastre. El fuego crepitaba con fuerza, lanzando chispas hacia el cielo oscuro. Todos estaban allí: Reyk, Leo, Deerk, Eiden y Alana. Se sentaron en troncos alrededor de las llamas, compartiendo tazas de chocolate caliente que humeaban en el aire gélido.
Lucian se sentó y, sin decir nada, atrajo a Lena hacia él. Ella se acomodó a su lado, sintiendo el brazo izqu