El camino hacia la salida del Cántaro era largo.
Nadie nos siguió.
Solo se escuchaban nuestros pasos y el sonido del agua cayendo a lo lejos.
Eiden iba delante.
Su paso era rápido, como si temiera que alguien nos alcanzara.
Yo lo seguía sin decir nada.
Aun me dolía el cuello, pero el calor de la marca había bajado.
Cuando por fin salimos al exterior, me detuve.
El aire era distinto, más limpio, aunque cargado de polvo.
El cielo estaba gris.
Eiden miró hacia el norte, luego hacia mí.
—Deb