Reyk caminaba delante de mí.
Leo iba unos pasos detrás.
Nadie hablaba.
El pasillo se hacía más estrecho a medida que avanzábamos.
La habitación de mi padre estaba al fondo.
No había guardias. Solo dos antorchas en las paredes.
Cuando llegamos, Reyk empujó la puerta con cuidado.
—Está despierto —dijo.
Asentí.
Entré.
Mi padre estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada contra la pared.
Tenía los ojos abiertos, pero la mirada vacía.
Sus manos temblaban un poco.
—Padre —dije.
Tardó en