Apenas cruzamos el portón, Eiden me detuvo.
Puso una mano firme en mi abdomen.
—No des un paso más —dijo.
Me quedé quieta.
—¿Por qué?
—Hay lobos en el bosque.
Fruncí el ceño.
—¿Estás seguro?
—Sí. Escúchalos.
Inhalé despacio.
El aire se sentía diferente.
Era un olor que no podía confundir.
Eiden tenía razón.
Había movimiento entre los árboles, cerca, demasiado cerca.
—Tienes razón —dije.
Él avanzó un paso, atento a cada sonido.
Yo miré hacia el bosque.
Las sombras se movían, ligeras, ráp