El ambiente en el jardín era irrespirable. El olor a ozono, sangre fresca y tierra removida se mezclaba con el frío cortante de la nieve que empezaba a caer con más fuerza. Eiden permanecía en el suelo, con la mirada perdida en el dosel de los árboles, mientras Leo y Deerk lo flanqueaban, ayudándolo a incorporarse con brusquedad. El híbrido estaba deshecho; su rostro era un mapa de hematomas y cortes que se cerraban con una lentitud exasperante debido a su estado de agotamiento.
Reyk se puso en pie con un movimiento fluido, aunque le dolía cada costilla. Se sacudió la nieve de las manos y se limpió la sangre de la comisura de los labios con el dorso de la mano, mirando a Eiden con un desprecio que quemaba más que el hielo.
—Si quieres morirte, hazlo —escupió Reyk, su voz vibrando con una autoridad que no admitía réplicas—. Pero a mí no me uses para acabar con tu puta miseria. No soy tu verdugo, Eiden. Soy el hermano de la mujer que lleva a tu hijo.
En ese momento, la puerta de la mans