El silencio en la habitación de Alana era sepulcral, roto únicamente por el rítmico y débil pitido de los monitores que vigilaban sus constantes vitales. Lena estaba sentada al borde de la cama, observando el rostro pálido de su amiga. Alana parecía una muñeca de porcelana olvidada, con su vientre aún plano guardando el secreto de un embarazo que podría ser su fin.
Lena suspiró, sintiendo el peso de los años sobre sus hombros. Sobre su regazo descansaba su grimorio, un libro de tapas de cuero desgastado que había ido llenando con sus propios hechizos y descubrimientos. No eran grandes conjuros de destrucción; eran hechizos nacidos de la necesidad y del afecto. Había fórmulas para regar plantas y hacerlas crecer en inviernos crueles, encantamientos para mover objetos pequeños y, lo más importante, conocimientos médicos que la magia potenciaba.
Recordó las veces que había tenido que sacar balas de la carne de Eiden sin necesidad de cirugía, usando solo su voluntad y el susurro de las pa