El aire en el pasillo del segundo nivel todavía vibraba con el rastro de la magia de Lena, un aroma a ozono y sándalo que guiaba los pasos de un Eiden que apenas sentía el suelo bajo sus botas. Entró en la habitación con el corazón martilleando contra sus costillas, temiendo que todo fuera un truco cruel de su mente o una última represalia de la bruja.
Pero allí estaba ella.
Alana estaba sentada en la cama, apoyada contra el respaldo de madera tallada. La luz de la luna se filtraba por la ventana, bañando su piel de porcelana y haciendo brillar la marca de la cocatriz en su mejilla derecha. No miraba a la puerta; sus ojos estaban fijos en su propio vientre, y su mano se movía en círculos lentos, rítmicos, sobre la tela de su camisón. Las lágrimas bajaban en silencio por sus mejillas, mojando las sábanas.
—Alana… mi cielo.
El susurro de Eiden rompió el cristal de la habitación. Ella levantó la vista y, por un segundo, el tiempo se detuvo. Eiden corrió hacia la cama, cayendo de rodillas