Lena observó a Eiden por encima del borde de su taza de porcelana. El capuchino estaba caliente y dulce. Era uno de esos pequeños lujos del mundo humano que ella disfrutaba sin cuestionar. Le gustaba el ruido de la ciudad, el murmullo de la gente que caminaba deprisa y el anonimato que le daban las calles de Noruega.
Se había criado entre brujas, en lo profundo del bosque. Había aprendido a leer las estrellas antes que a leer libros, pero siempre le había gustado mezclarse con los humanos. Por e