Lena observó a Eiden por encima del borde de su taza de porcelana. El capuchino estaba caliente y dulce. Era uno de esos pequeños lujos del mundo humano que ella disfrutaba sin cuestionar. Le gustaba el ruido de la ciudad, el murmullo de la gente que caminaba deprisa y el anonimato que le daban las calles de Noruega.
Se había criado entre brujas, en lo profundo del bosque. Había aprendido a leer las estrellas antes que a leer libros, pero siempre le había gustado mezclarse con los humanos. Por eso se mudó a la ciudad hace años, aunque terminara volviendo a la soledad de los árboles para que nadie hiciera preguntas sobre sus ojos o sus manos cuando brillaban. Hoy, sin embargo, el asfalto bajo sus botas se sentía como un respiro necesario. Necesitaba que Eiden dejara de ser un soldado por unas horas.
—Te vas a comer la taza si sigues apretándola así —dijo Lena con voz suave.
Eiden no sonrió. Tenía los ojos grises fijos en la ventana de la cafetería, viendo pasar los coches. Llevaba una