La noche se había instalado como un manto espeso sobre el bosque, y el crepitar de la leña ardiente llenaba el aire con chispas naranjas que danzaban hacia las estrellas. El olor de un guiso de hierbas y carne recién cazada envolvía el campamento improvisado, y el calor de la fogata contrastaba con el frío húmedo que se filtraba entre las ramas.
Aeryn removía la olla con una rama de madera pulida, los ojos perdidos en el vaivén del vapor. Su cabello, ahora más largo y descuidado, caía sobre su