La noche era más oscura que cualquier otra desde que comenzaron su travesía. No había luna. No había estrellas. Solo el murmullo del viento entre los árboles y el crepitar del fuego que daban calor a su precario campamento.
Aeryn estaba sentada junto a la fogata, la vista fija en las llamas. Pensamientos cruzaban su mente sin pausa. Finalmente rompió el silencio.
—¿Cuánto ha cambiado mi vida desde que llegué a Lobrenhar...? —dijo, sin mirar a ninguno—. Allí lo conocí. A Darien. Mi destinado.