La luz matinal se filtraba por los ventanales del salón principal, tiñendo las paredes de piedra con un resplandor dorado. Darién llevaba un rato despierto, sentado en el borde de su cama, los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en el suelo. El eco lejano del canto de los cuervos no lograba acallar el torbellino de pensamientos que lo sacudía.
Había pasado semanas aislado. Hundido. Roto.
Pero esa mañana, algo en su interior había cambiado.
Aeryn estaba viva. Su exilio no ha