La cena era sencilla, pero sustanciosa. Sobre la mesa humeaban cazuelas de estofado de cordero con raíces tiernas y especias silvestres, pan recién horneado con mantequilla de ajo, y una ensalada tibia de granos, nueces y hojas de luna. Al centro, una infusión de frutos rojos con miel dorada brillaba en una jarra de barro, llenando la cabaña de un aroma cálido y reconfortante.
Nerysa lo había preparado todo con sus propias manos. No por deber, sino porque algo en su interior le decía que esa n