El sonido de los gritos aún no se había apagado del todo. Afuera, en la aldea de Tharamor, las llamas devoraban las chozas mientras los pocos sobrevivientes corrían, suplicaban o ardían.
Dentro de la tienda de campaña más grande, los gemidos eran de otra clase.
Brelkha Nohr, semi reclinado sobre su trono improvisado de pieles, apenas parpadeaba mientras una loba de su escuadrón —de cabello sucio, ojos vacíos y rodillas marcadas de sumisión— lo complacía con devoción feroz. Él no la miraba. No