La primera luz del amanecer se filtraba por la rendija de la cabaña, tiñendo las paredes de un dorado tibio, como brasas que apenas despiertan.
Aeryn no dormía.
Estaba sentada en el borde del lecho, envuelta en una manta ligera, con las piernas recogidas y el cabello suelto desordenado cayendo sobre sus hombros. El fuego en la chimenea ya no ardía, pero el calor de la noche aún impregnaba la habitación.
Él dormía.
Darien. Su lobo. Su herida. Su refugio.
Estaba tendido boca arriba, con