Se quedaron así un largo rato, sin hablar, sin moverse, envueltos en el calor tenue del hogar y de algo más profundo: la tregua de dos almas rotas que aún se reconocían.
Aeryn se acomodó lentamente sobre el regazo de Darien, su espalda contra su pecho, su respiración tranquila. Las puntas de su cabello rozaban su mejilla, y su vientre cálido descansaba entre sus manos enlazadas.
Por primera vez en semanas, no sentía la urgencia de decidir, de resistir, de escapar. Solo de estar.
—No creo