Aeryn despertó lentamente, como quien regresa de un sueño profundo y enredado. Su cuerpo se sentía pesado, pero no herido. Solo exhausto. El calor de las mantas le cubría la piel, y el murmullo lejano de voces masculinas la ancló al presente.
Parpadeó. Las vigas de su techo. El perfume de su hogar. Y el fuego suave crepitando en la chimenea. Estaba en Brumavelo.
Intentó incorporarse, pero una punzada en el vientre la detuvo. Se llevó una mano al estómago, y fue entonces que lo sintió: un calo