La sangre aún tibia marcaba el suelo de piedra, mezclada con el sudor, el vapor de la magia y los gemidos de la tormenta que azotaba la torre. Los gemelos descansaban sobre una manta tejida con hilos de plata lunar, cubiertos por una tenue aura de fuego que no quemaba. Uno lloraba con fuerza; el otro dormitaba sereno, ambos con el cabello rojo sangre de su madre, mechas plateadas brillando entre los rizos como promesa ancestral.
Nyrea no respondía.
—¡No puede ser! ¡Vamos, niña, vuelve! —la