La tormenta arremetía con una furia indómita, pero Aldrik no apartaba la vista de la línea apenas visible que delimitaba los bordes de Lobrenhart. Llevaba horas allí, inmóvil, como una sombra erguida entre el viento y la lluvia. Los demás, empapados, temblaban por el frío y la tensión. Pero él solo miraba. Esperaba.
Y entonces lo sintieron.
Primero, un estremecimiento bajo los pies. Luego, una pulsación en el aire. El escudo, ese maldito muro de fuego que había resistido incluso el veneno de la