Estaba en la oficina de Richard, pintando rayas doradas sobre el escritorio de caoba. Había llegado sin avisar, algo raro para mí, pero no podía esperar. Mi mente era un torbellino de emociones: la euforia de las gemelas, Ariadna y Aisha, chocando contra la culpa que me carcomía y que al parecer no estaba disimulando muy bien.
Me senté frente a Richard, el maletín olvidado en el suelo, las manos entrelazadas con demasiada fuerza sobre las rodillas. Él me miró por encima de sus gafas, la carpeta