Estacioné en doble fila, ignorando las bocinas, y subí al tercer piso. La secretaria en recepción levantó la vista, su sonrisa profesional congelándose al verme.
—Bienvenido, señor—dijo—. ¿Tiene cita?
—Dígale a Ruiz que estoy aquí —respondí, mi voz fría, cruzando los brazos—. Leonardo Valdés. Ahora.
Ella dudó, pero llamó por el intercomunicador. Minutos después, la puerta se abrió, y Ruiz salió: un hombre de cincuenta y tantos, cabello gris peinado hacia atrás, gafas gruesas y traje conservador