Habían pasado casi cuatro meses desde que descubrí que eran gemelos, y cada día se sentía como un paso más en un camino que no podía controlar del todo. Mi vientre había crecido de una manera que me dejaba sin aliento: al principio, solo un bulto sutil que podía disimular con ropa holgada, pero ahora era como un globo que alguien soplaba sin parar, redondo y prominente, estirando mi piel hasta el límite.
Me ponía de lado frente al espejo del baño, tocándolo con las manos, sintiendo los movimien