Estaba sentado en mi oficina de la Torre Cristal, el sol de la tarde filtrándose por las persianas como un intruso no deseado.
El escritorio de caoba parecía un campo de batalla: papeles esparcidos con proyecciones del deal de Tokyo Tech, una taza de café frío a medio beber, y mi teléfono silencioso desde la mañana.
Cuando más trabajo tenía, mi mente solía recurrir a ella, como una manera de escape, o antes era eso, un lugar cálido al cual recurrir cuando la vida laboral intentaba ahogarme, pero